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Son ya 24 los
años puestos al servicio de la educación pública, y muchas las alegrías
y las tristezas, las ilusiones y también las desilusiones sufridas durante
esta media vida. Como todos, he sentido muchas veces palmaditas en la
espalda, mientras con el pie te estaban poniendo la zancadilla, pero
he de quedarme con los buenos amigos, la camaradería y el trabajo en
equipo, siempre pensando en los niños y no en el beneficio propio y
la paga de todos los meses.
Somos muchos y muy buenos los profesionales -me incluyo entre ellos
sinceramente y sin falsa modestia- que desarrollamos una labor abnegada
y silenciosa en beneficio de la educación de los niños y niñas andaluces.
Labor no reconocida en la mayoría de los casos e, incluso, incomprendida
muchas veces. Labor imprescindible e incuestionable para el desarrollo
andaluz que, en la actualidad, está siendo despreciada por un amplio
sector social y cuestionada por otro, en beneficio creciente de la educación
privada, que siempre fue de los ricos y a la que aspiran ahora muchas
familias del ámbito rural y, por supuesto, del urbano. Y no es nuestra
la misión de que la educación pública tenga el prestigio y los medios
que se merece; nosotros ya realizamos un tremendo esfuerzo por no caer
en la desidia y el peseterismo -¿o habrá que decir eurerismo?-, por
seguir manteniéndonos firmes en la idea de que la educación, la buena
educación pública y para todos, es la base sobre la que se apoya una
sociedad, desarrollada, justa y libre, en la que la pluralidad, la multiculturalidad
y el respeto sean la base de la tolerancia, sin la cual iremos en franca
regresión hacia épocas cavernícolas.
Pero la escuela no es más que una parte de la sociedad capitalista en
la que estamos inmersos, no sin nuestro propio consentimiento; una sociedad
en la que el pelotazo y el enriquecimiento fácil; la apropiación de
lo que no hemos ganado con nuestro trabajo, nuestra inteligencia, nuestro
esfuerzo, sino con el abuso del más débil, torpe o inocente; levanta
aplausos, admiración y hasta importantes reconocimientos públicos en
muchas ocasiones; valores todos ellos insertos actualmente en el acervo
popular que hacen que nuestra labor en la escuela sea cada día más difícil,
pues es casi imposible que los niños entiendan que lo que vale fuera
de la escuela no sea válido dentro de ella. Como consecuencia, y por
desgracia, cada vez es más alto el porcentaje de alumnos que van a la
escuela sólo porque es obligatorio o porque sus padres los envían para
quitárselos de en medio; y en esas condiciones es francamente difícil
conseguir de ellos el estímulo suficiente para que aprovechen las 25
horas semanales que están en el colegio, trabajando en su propia educación,
en su engrandecimiento como personas con capacidad para la crítica,
en su autoperfeccionamiento, en la utilidad personal y para el resto
de la sociedad que supone el esfuerzo individual en su propia educación;
y de esta forma, los maestros vemos con impotencia creciente cómo el
derecho incuestionable a la educación se convierte para unos cuantos
-entre el 15 y el 20 % del alumnado- en una obligación que hace
que el resto de alumnos no pueda ejercer en su plenitud su propio derecho
a la educación.
Y es que a los que nos tocó vivir la escuela como niños en la época
franquista y como maestros en la actual nos ha caído sufrir la injusticia
y el sufrimiento absurdo en ambos momentos. De alumnos veíamos mancilladas
nuestras mejillas, la palma de nuestras manos o nuestras rodillas, simplemente
por no haber sido capaces de aprendernos de memoria la lista de los
reyes godos o pedirle al compañero la goma sin permiso previo. Ahora,
de maestros, sufrimos las burlas y las vejaciones, algunas veces, de
alumnos y padres -pocos aún, gracias a dios o al diablo; pero si esto
sigue así pronto tendremos que ir a la escuela con una coraza-. De alumnos
teníamos que escondernos en los servicios para fumar -en aquellos tiempos
era muy importante para hacernos mayores y llegar a hombres-. Ahora,
los pocos ejemplares que quedamos de "magister fumadorus" -especie en
peligro de extinción- debemos recluirnos en una pequeña salita habilitada
al efecto, sintiéndonos, casi, prófugos de las buenas
costumbres y semidelincuentes.
Si a todo esto le añadimos que en nuestra profesión el único mérito
que oficialmente se tiene en cuenta para cobrar más o ascender -léase
optar a la educación en secundaria- es la antigüedad en el cuerpo, pues
de nada sirven trabajos, proyectos, estudios, horas extras, etc; podrá
entenderse que muchos de nosotros vayamos perdiendo la ilusión poco
a poco; y nuestro trabajo sin ilusión se convierte en rutina y, como
consecuencia, en mediocridad.
Menos mal que siempre nos queda el saludo cariñoso de algunos niños
cuando los vemos por la calle o la cervecita tomada de igual a igual
con antiguos alumnos que te recuerdan con afecto. ¡Gracias a todos ellos!
¡SEGUIREMOS
LUCHANDO!
Antonio Castro (abril de 2003)
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