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Modelos de descripciones de paisajes, lugares y escenas.

Idea original de Antonio Castro

1.- Descripción de una escena: LA RONDALLA

Al fondo de la plaza se elevaba el Ayuntamiento, un edificio encalado, con un largo balcón en el primer piso y ventanas enrejadas en la planta baja. Junto al portalón de piedra, en letras doradas, se podía leer la inscripción CASA CONSISTORIAL.

Cerraban la plaza las fachadas encaladas de unas doce casas de dos pisos, con sus balcones y ventanas repletos de geranios y claveles. En los balcones iluminados, y junto a las puertas de las casas, había grupos de personas de todas las edades, con expresión atenta e ilusionada.

Las miradas de todo el pueblo se dirigían hacia un tablado que habían levantado en el centro de la plaza, delante del Ayuntamiento. Sobre el tablado, y a la tenue luz de las farolas, la rondalla animaba con su música la húmeda y calurosa noche de julio. Sentados junto al tablado, los niños escuchaban embelesados. En lo alto brillaban las estrellas.

2.- Descripción de un lugar: Una cueva (Pío Baroja)

A la izquierda se abría la enorme boca de la cueva, por la cual no se distinguían más que sombras. Al acostumbrarse la pupila, se iba viendo en el suelo, como una sábana negra que corría a todo lo largo de la gruta, el arroyo del infierno, "Infernuco-erreca", que palpitaba con un temblor misterioso. En la oscuridad de la caverna brillaba, muy en el fondo, la luz de una antorcha que agitaba alguien al ir y venir.
Unos cuantos murciélagos volaban a su alrededor; de cuando en cuando se oía el batir de las alas de una lechuza y su chirrido áspero y estridente.

3.- Descripción de un lugar: (José Ramón Crespo)

Entrando a la casa, encontramos un patio con suelo de baldosas rojas, por el que pasan las caballerías hasta la cuadra, situada en la planta baja de la vivienda. A continuación, un corral lleno de estiércol y malos olores. La casa es muy antigua, con habitaciones enlosadas y alcobas sin ventilación que resultan muy abrigadas en invierno. Las camas son de jergón alto y tienen dos grandes colchones rellenos con lana de las ovejas de la casa. Las sábanas son de cáñamo y están tiesas y algo húmedas por el frío en invierno.

4.- Descripción de un paisaje: Palencia (Sánchez Ferlosio. Industrias y andanzas de Alfanhuí.)

Palencia era clara y abierta. Por cualquier parte tenía la entrada franca y alegre y se partía como una hogaza de pan. La calle mayor tenía soportales de piedra blanca y le daba el sol. Las torres también eran blancas, bajas y fuertes y, el río, maduro y caudaloso. Al otro lado del río estaba la vega poblada de viñas, hortalizas y árboles de frutas; surcada de canales. Por los canales iban las barcazas llevadas por mulas que tiraban de maromas desde la orilla y resbalaban con sus cascos en el fango. El agua de los canales tomaba, con el poniente, un color lánguido y fecundo de azul blanquecino con reflejos verdes o rojos.

5.- Desde el Mirador de Estaca de Bares, Galicia (Javier Valladolid. Adaptación)

Es un golfo rocoso, con abundantes zonas verdes herbáceas. El mar parece tranquilo, pero se percibe el caos al chocar las olas sobre las rocas; la hierba se entremezcla con las rocas frente a mí, sin distinguirse en algunas zonas; el cielo gris luna resulta desalentador y da un aire melancólico, como recordando un pasado ya olvidado.

Se ve la niebla, mística, incierta, ocultando sus secretos; niebla que lleva a mi imaginación a un mundo de fantasía más propio de las leyendas del rey Arturo que de las tierras españolas; nieblas confusas, de una belleza casi indescriptible, que me hace pensar en mi futuro incierto. Pero poco importa eso, mientras se contempla este paisaje del norte; bello y misterioso, colmado con el ruido del oleaje… A lo lejos se ve un pueblo, tan en lontananza que parece que formara parte del paisaje natural, sin distinguirse la forma. Cerca de allí hay un bosque, verde oscuro, uno más de los verdes que en este paisaje gallego se pueden apreciar. Se ven elevaciones más hacia el interior, perdiéndose en la inmensidad…

En el suelo observo los arbustos, algodón dulce para la vista, de vivos colores. A lo lejos se escucha el sonido de un barco que navega posándose sobre las olas como un patinete al que se acaba de impulsar. Está detrás de mí el barco; al observarle veo las rocas; picudas como agujas, desgarradas por el tiempo y la fuerza de los elementos, por un tiempo que nadie puede recordar; rocas multicolor, grises, marrones, rojizas, negras; rocas separadas por el mar.

Convergen entre las rocas hierbas, arbustos e incluso margaritas. Un camino de tierra me permite llegar al lugar más inaccesible del cabo; yendo a pie, no en helicóptero o avión. Un pasillo que cruza una roca por ambos lados es el único camino; tan estrecho que prácticamente hay que pasar de lado para no caer al agua o, mucho peor, a las rocas.

La tierra se corta, tras eso, en un tumulto de rocas. Mientras me vuelvo, observo las hierbas secas, fruto del verano, y dejo de ver los surcos que hacen las olas al chocar con los islotes, y cómo el agua pasa a ser azul cian y espuma al chocar con las rocas. Viendo tal belleza y majestuosidad se desea intentar llegar hasta el final, hasta la última roca, tan al norte de España que más allá no hay nada más; España se acaba y sólo queda la mar.

Miro de nuevo el golfo e intuyo la silueta de otro golfo, oculto entre la neblina, casi inexistente, y cerca de allí un islote; neblinoso, aislado y enigmático. Viendo esto se desea poder volar e ir a esos lugares que parecen tan cercanos y que sin embargo no están al alcance.

Asciendo el camino, unas escaleras, paso al lado de un edificio, sigo ascendiendo torpemente, entristecido por dejar ese hermoso lugar, veo un faro, pequeño, poco alto. La torre mide unos diez metros… y es blanca como la nieve; se observa el foco de este, protegido por una red de hierro, curva, circular, ovalada; hierro pintado de negro, que induce a la fealdad; clásico y habitual…, inaccesible.

Mientras voy camino del coche junto con mis padres y mi hermano escucho los pasos de otros visitantes de la zona, y las voces que contrastan con el silencio anterior. Dejo un lugar que deseo recordar y al que algún día regresaré…

6.- El hayedo

El hayedo se va poniendo de mil colores: naranja, amarillo, rojo, marrón… Al fondo, las montañas aparecen envueltas en niebla y el cielo gris anuncia lluvia. El sol, asustado, se esconde detrás de un nubarrón y su brillo desaparece. En el centro hay un árbol más alto que los demás. Aún conserva algunas hojas, verdes todavía, que se resisten al frío y al viento. En cambio, las hojas amarillas caen lentamente, balanceándose juguetonas en el aire. A la derecha hay un arroyuelo que discurre alegre entre las rocas. El suelo está encharcado y cubierto de hojas secas.

Huele a tierra mojada y a setas. Es otoño.

7.- El bosque de Brocelianda

... Existía en aquellos tiempos un bosque de treinta leguas de largo y de más de veinte leguas de ancho, llamado Brocelianda. El dueño de este bosque era un horrible gigante negro que no tenía más que un pie y un ojo. Los animales, las plantas y los demás elementos lo obedecían. El gigante era capaz de hacer arder el bosque, de que sonaran horribles aullidos, o que aparecieran repugnantes serpientes. Había también en ese bosque numerosos estanques: unos de aguas estancadas y sombrías que reflejaban el espeso verdor que ensombrecía sus fondos. Otros cubiertos de hierbas acuáticas y de musgo, que engañaban a los que creían caminar por tierra firme. Un manantial, la Fuente de Baranton, corría cerca de una roca...